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El futuro que queremos


Sha Zukang

Secretario General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible

Hace veinte años, en junio de 1992, dirigentes de todo el mundo se reunieron en Río de Janeiro para asistir a un acontecimiento que constituyó un hito: la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (la Cumbre para la Tierra de Río). Los resultados históricos de esa Conferencia suscitaron un entusiasmo y un optimismo sin precedentes. Hubo acuerdo sobre importantes convenios y principios, y se trataron cuestiones como la diversidad biológica, el cambio climático y los bosques. La Cumbre para la Tierra transmitió un mensaje: trabajando juntos se pueden encontrar soluciones.

Veinte años después, el mundo ha cambiado como nunca hubiéramos imaginado. Se han realizado grandes progresos en materia de crecimiento económico, esperanza de vida y reducción de la pobreza a nivel mundial. La forma de comunicarnos y de hacer negocios se ha transformado radicalmente. Las tecnologías de la información y la comunicación han abierto nuevos caminos y vías para la educación, la comunicación y los negocios.

Sin embargo, al mismo tiempo, han surgido nuevos retos y los antiguos se han intensificado. Hemos sumado aproximadamente 2.500 millones de personas al planeta y se prevé que antes de 2050 esa cifra llegará a 9.000 millones. Mientras tanto, el capital natural que es la base de nuestro sustento está mermando de manera sustancial. El cambio climático y sus efectos se han agudizado; nos enfrentamos a nuevos retos en materia de agua y seguridad alimentaria, la crisis financiera y económica mundial ha frenado el avance en algunas esferas del desarrollo humano; y las pautas de producción y consumo insostenibles se han acelerado, causando un daño en algunos casos irreversible para nuestro patrimonio natural.

En 1992, Río nos trazó una ruta que nos llevaba hacia un futuro más equilibrado y sostenible; pero no hemos sabido cómo mantener el rumbo ni cómo transformar los principios en hechos. Se ha observado una marcada ausencia de progresos en materia de ejecución. Por eso la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (Río+ 20) llega en el momento justo. Los Jefes de Estado y de Gobierno, las empresas y la sociedad civil se reunirán otra vez para renovar su compromiso respecto de las promesas que hicieron en 1992 y encaminarnos por la vía de la sostenibilidad. Los retos que enfrentamos a nivel mundial y nuestros destinos ligados estrechamente nos reclaman que colaboremos en pro de un futuro mejor y nos comprometamos a velar por hacerlo realidad. En otras palabras, es una conferencia de aplicación.

Entonces ¿cómo garantizamos que Río+20 produzca los resultados esperados? Muchos insisten en que sus resultados no deben ser una repetición del Programa 21 ni de otros tratados o resultados acordados. Señalan que debería basarse en logros anteriores, concentrarse en medidas concretas para resolver las deficiencias en materia de cumplimiento, y dar forma a nuestra visión de futuro. La Conferencia debe ser específica, ambiciosa y estar orientada hacia la acción. He exhortado a las delegaciones a presentar iniciativas que sean de fundamental importancia para la reducción de la pobreza y el bienestar común de todos los países, especialmente en materia de alimentos, agua y energía.

El documento final debería contener decisiones que promuevan la transformación respecto de los dos temas de la Conferencia: la economía verde en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza; y el marco institucional para el desarrollo sostenible, así como varias otras esferas prioritarias.

El primer tema pone de manifiesto la necesidad de que el desarrollo económico tome un rumbo más sostenible. Esto significa promover inversiones en sectores y actividades que tengan menos impacto en el medio ambiente. Al mismo tiempo, la economía verde debe contribuir a la erradicación de la pobreza, la creación de empleos y al logro de otros objetivos sociales. Deben tenerse plenamente en cuenta los distintos niveles de desarrollo de los diferentes países que emprendan este camino. Y en relación con cualesquiera resultados que se alcancen en Río, el intercambio de conocimientos y tecnología será de vital importancia.

En cuanto al tema del marco institucional, los tres pilares del desarrollo sostenible social, económico y ambiental deben integrarse mejor para producir los resultados deseados. Un marco como este también debería incluir el mejoramiento del examen y la presentación de informes sobre los progresos realizados, así como tratar de resolver de manera efectiva los retos que subsisten, así como aquellos nuevos e incipientes. Espero que el fortalecimiento de la gobernanza cree condiciones propicias para un desempeño más responsable y una mejor rendición de cuentas a nivel internacional, regional y nacional.

Muchos participantes esperan que otro resultado de Río sea el inicio de un proceso encaminado a elaborar Objetivos de Desarrollo Sostenible (SDG), que puedan basarse en los Objetivos de Desarrollo del Milenio e incorporarse al programa de desarrollo de las Naciones Unidas para después de 2015. Esos objetivos deben proteger la salud del medio ambiente y, al mismo tiempo, garantizar que se atiendan las necesidades de los más vulnerables. Se diseñarían para ayudar a los gobiernos y a otros interesados directos a centrar sus energías y vigilar los progresos. Las esferas importantes para la adopción de medidas, en las que tal vez deba centrarse la atención de los SDG son entre otras las siguientes: agua, energía, alimentos, empleos, ciudades, océanos, preparación en casos de desastre y erradicación de la pobreza.

Por último, Río+20 brinda a los gobiernos y a los grupos principales, entre ellos las empresas y la industria, la oportunidad de dar a conocer compromisos nuevos y mensurables para hacer realidad el desarrollo sostenible. Estos compromisos, junto con los SDG, contribuirán a garantizar la participación de todos los sectores de la sociedad y el cumplimiento de las promesas.

Después de 1992, no pudimos cumplir debidamente nuestros compromisos como comunidad mundial. Debemos garantizar que esta vez sea diferente. Dada la magnitud de los retos de nuestro mundo, es esencial que Río+20 los iguale en alcance. Es necesario hacer compromisos firmes que influyan en las vidas de las personas pobres, y adoptar decisiones que ayuden a la humanidad a vivir dentro de los límites de la capacidad de sustentación del planeta. Los gobiernos, los miembros de la sociedad civil, las empresas y la industria deben venir a Río dispuestos a asumir compromisos; venir con iniciativas que abran nuevos caminos. Deben transmitir un mensaje firme a las generaciones jóvenes: somos responsables, pensamos a largo plazo y estamos dispuestos a trabajar por el bien de toda la humanidad.

El documento final de Río+20 se titula: “El futuro que queremos” y eso es lo que debemos cumplir: visión, esperanza, determinación y acciones para crear un futuro mejor para todos.

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