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Desarrollo saludable


Margaret Chan

Directora General de la Organización Mundial de la Salud

El futuro que queremos es un futuro saludable. Una salud mejor contribuye al desarrollo sostenible, simplemente porque las personas sanas están en mejores condiciones de aprender, ganar dinero y contribuir positivamente a la sociedad. Este concepto se refleja muy bien en la Declaración de Río original, firmada en 1992, cuyo Principio 1 dice que “los seres humanos constituyen el centro de las preocupaciones relacionadas con el desarrollo sostenible... [y] tienen derecho a una vida saludable y productiva en armonía con la naturaleza”. El papel de la salud se reafirmó en la Cumbre de Johannesburgo diez años más tarde, y es aún más vital hoy en día. Creo que en el año 2012 tenemos que hacer más hincapié todavía en la importancia de la salud y contamos con pruebas para respaldar nuestros argumentos.

Tenemos que empezar a pensar en la relación entre la salud y el desarrollo sostenible de tres maneras complementarias. La salud como contribuyente al logro de los objetivos de sostenibilidad, la salud como beneficiario potencial del desarrollo sostenible y la salud como una forma de medir los progresos realizados en los tres pilares de las políticas de desarrollo sostenible.

Vamos a empezar por el último punto. Para avanzar en el camino hacia un desarrollo sostenible son necesarios indicadores que integren las dimensiones económica, ambiental y social de las políticas. La inversión en la salud por sí sola no va a resolver los problemas de la deuda soberana, los precios volátiles de los alimentos o el impacto ambiental del cambio climático. Pero para los que nos preocupamos por promover una globalización que sea más justa, más verde y más sostenible, la salud de las personas sigue siendo un parámetro de importancia vital para medir el impacto de las políticas en todas estas esferas. No solo resulta muy fácil cuantificar los resultados sanitarios sino que, además, los problemas de salud son inmediatos, personales y locales. Por esa razón, la medición del impacto del desarrollo sostenible en la salud puede despertar un interés público y político que genere apoyo popular a políticas cuyas consecuencias son más difíciles de visualizar o se sentirán a más largo plazo (como la reducción de las emisiones de CO2).

Un medio ambiente sano es un requisito previo para una buena salud. Reduciendo la contaminación del aire y el agua, así como la provocada por productos químicos, se podría evitar hasta la cuarta parte de la carga de morbilidad general. Se ha determinado que muchos de los problemas sanitarios más apremiantes a nivel mundial tienen su origen en cambios ambientales (causados por la deforestación, la contaminación del aire, la desertificación, la urbanización y el cambio en el uso de la tierra) por ejemplo, la malaria, las enfermedades transmitidas por el agua, la desnutrición, el SID A, la tuberculosis, las enfermedades relacionadas con la salud materna y las enfermedades no transmisibles (como el cáncer, enfermedades cardíacas, enfermedades respiratorias crónicas y diabetes). Y aunque el desarrollo económico y ambiental puede beneficiar enormemente la salud, se trata de una interacción que no ocurrirá de forma automática. Veinte años después de la primera Cumbre de Río, con mucha frecuencia la planificación urbana, el transporte y la construcción de viviendas se basan en decisiones que, en lugar de reducir, siguen promoviendo la contaminación del aire, el ruido y los accidentes de tránsito y, en vez de fomentar, limitando la actividad física. Las políticas agrícolas y alimentarias por lo general obstaculizan, en lugar de facilitar, el acceso a alimentos sanos y nutritivos.

Pero hay pruebas de que podemos actuar de manera diferente. La publicación de la OMS Health in the Green Economy ofrece muchos ejemplos. Los estudios de sistemas de transporte activo muestran que ir al trabajo en bicicleta puede reducir la mortalidad en un 30%. El acceso a sistemas de transporte rápido también va de la mano con resultados sanitarios más equitativos, porque la gente está en mejores condiciones de acceder a los servicios que necesita. Una combinación adecuada de políticas de mitigación del cambio climático aplicada a las construcciones residenciales puede contribuir a la reducción de los riesgos para la salud derivados de condiciones climáticas extremas. Las políticas energéticas que reducen la contaminación del aire podrían reducir a la mitad el número de muertes infantiles por neumonía y reducir sustancialmente el millón de muertes que se producen cada año por enfermedades pulmonares crónicas. Algo que hay que tener particularmente en cuenta son los combustibles menos contaminantes para cocinar alimentos: según pruebas, la sustitución de la biomasa o el carbón con combustibles menos contaminantes para la cocción de alimentos puede ayudar a mejorar la salud de hasta tres mil millones de personas.

A menudo nos referimos a los beneficios secundarios que tienen para la salud las políticas ambientales y a la necesidad de multiplicar los dividendos sanitarios derivados del desarrollo sostenible, pero, en esencia, de lo que estamos hablando es de la necesidad de coherencia en las políticas. El mundo está procurando hacer frente a los desafíos planteados por el envejecimiento de la población, ciudades cada vez más grandes, poblaciones cada vez más móviles, la competencia por los escasos recursos naturales, la incertidumbre financiera y los caprichos de un clima cambiante y ya no es viable pensar en soluciones para cada sector por separado. Asimismo, no se ganará demasiado aplicando políticas que reducen las emisiones de gases de efecto invernadero (como las que fomentan un mayor uso de gasóleo) pero pueden llegar a aumentar la cantidad de casos de enfermedades respiratorias o cardíacas como consecuencia de la contaminación del aire. Una economía verde es aquella que maximiza los beneficios, pero teniendo sobre todo en cuenta la salud y el bienestar de los seres humano.

Por último, está la contribución específica que las políticas de salud pueden hacer al desarrollo sostenible. La OMS estima que 150 millones de personas cada año sufren graves dificultades financieras porque se enferman, utilizan los servicios de salud y tienen que pagar por ellos en el acto. Muchos tienen que vender bienes o endeudarse para poder pagar esos servicios. Cien millones de personas caen por debajo de la línea de pobreza por estas razones. Los vínculos entre la salud, el desarrollo sostenible y el crecimiento económico se presentan cruda y claramente cuando vemos que la falta de acceso a los servicios sanitarios empobrece a la gente porque no puede trabajar y que el uso de esos servicios empobrece a la gente porque no los puede pagar.

En ninguna estrategia para reducir la pobreza y construir sociedades que tengan resiliencia puede faltar la protección de las personas frente a gastos catastróficos y la garantía de acceso a los servicios esenciales (incluidos los servicios de salud reproductiva y sexual) a través de la Cobertura de Salud Universal. Desde esta perspectiva, la salud no es solo un efecto secundario deseable o un beneficio secundario del desarrollo sostenible. Por el contrario, hay que considerarla un pilar esencial en sí misma con potencial para aumentar el crecimiento económico, mejorar las oportunidades educativas, limitar el impacto negativo del crecimiento de la población, reducir el empobrecimiento y fomentar la cohesión social.

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